DEENESITFR

Martinsteinhiesli

La leyenda

En 1882, los antepasados del actual propietario, Anton Schüle, entraron en posesión del terreno y las tierras de la finca. Ya antes existían casas de labranza en los alrededores de los edificios actuales. El propio Martinsteinhiesli se construyó, según indica la piedra fundacional junto a la puerta de la bodega, en el año 1620. También se hallaron restos de muros cerca del actual Martinstein. De él nos habla esta leyenda:

Holzstich: eine Hirtenfamilie kehrt mit Ziegen und Hunden bei Mondaufgang durchs Waldtal heim (Ludwig Richter, Abendruhe)

Der Martinstein

En lo alto, sobre el valle del Reichenbach, en un lugar llamado el Hohgrund (la «tierra alta»), vivía una familia de labradores fuerte y conocida en toda la comarca. El mejor arador de todos era Martin Späth, que cada noche rezaba su oración junto a una gran piedra que se alzaba cerca de la granja.

Desde entonces aquella piedra se llama el Martinstein (la piedra de Martin). Y aún hoy, según cuenta la vieja tradición, pueden verse hundidas en la roca la huella de su rodilla, la punta de su bastón y su rosario, porque allí rezó todos los días, hasta que lo llevaron a su último descanso.

Muchas tardes oía subir del valle el tañido de una campana, aunque allí no había todavía ninguna iglesia. Era una campana del cielo. Entonces dejaba el trabajo y se apresuraba hacia la piedra, para dar gracias y alabanza en aquel lugar santo. Casi siempre la oía al caer la tarde; pero los sábados la campana del cielo anunciaba la fiesta ya al mediodía, y ese día dejaba el trabajo antes que de costumbre.

Solo una vez faltó. Era tiempo de cosecha, y quiso poner primero a cubierto el último carro de gavillas, así que no subió a la piedra cuando sonó la campana. Aquel día la campana ya no sonó para él, y su pena fue más grande de lo que pueden decir las palabras. Ocho días duró. Después volvió a oírla, tan clara y hermosa como antes, y ya nunca más faltó a su camino, por mucho que la gente lo riñera y se burlara de él.

Cuando le dijeron que todo aquello no era más que un engaño, exclamó: «Tan cierto como que esta hoz puede quedarse quieta en el cielo, tan cierto es que yo oigo sonar la campana». Y la lanzó a lo alto, y ante los ojos de todos la hoz se quedó allá arriba, quieta en el cielo como la luna.

Como premio a su oración fiel, junto a la piedra le fue revelado que en su granja la piedad no se perdería jamás.

Pero no es la piedra lo único que lo recuerda: también está la iglesia del cementerio de Gengenbach. Cuando Martin sintió que se acercaba su fin, reunió a los de su casa y les dijo lo que debían hacer. La mejor vaca de la granja, dijo, pariría dos terneros negros, y cada uno sería un toro bravo. Cuando hubieran crecido, debían uncirlos —animales que nunca habían llevado yugo— para que tiraran de él hasta su sepultura.

Los suyos debían apartarse y dejar que los animales corrieran por donde quisieran. Donde descansaran por primera vez, se levantaría un Bildstock (un pequeño altar a la vera del camino); donde se detuvieran por segunda vez, una capilla en el bosque; y donde se detuvieran por tercera vez, allí debían enterrarlo, y sobre su tumba se alzaría una iglesia en honor de San Martín. Mientras hablaba, le brillaban los ojos, y cada palabra sonaba como si fuera la voz misma de Dios.

Todo sucedió tal como él lo había dicho. El Bildstock, la capilla y la iglesia se alzan donde los animales se detuvieron. Pero en el tercer lugar la gente no quiso construir, y empezó a levantar la iglesia más cerca de la ciudad. A la mañana siguiente, la madera estaba otra vez en el lugar antiguo. Y cuando murió uno de los que se habían burlado, nadie volvió a llevársela. Allí sigue la iglesia hasta el día de hoy, rodeada de muchas, muchísimas tumbas: que Dios los tenga a todos en su gloria.